Guía para vencer la pereza entrenando tu mente

por | Feb 7, 2019

Hola de nuevo, ¿cómo te va?

Si has leído alguno de los artículos del blog, puede que te hayas dado cuenta que de vez en cuando me planteo el por qué de alguna de esas cosas de las que damos por hecho su obviedad.

Me refiero a ese grupo de cosas que son así «porque sí», «porque han sido así toda la vida», «porque así deben ser”», o por algún argumento similar.

Pues bien, hoy toca hablar de por qué todos somos un poco vagos.

Y ya que estamos, vamos a ver si somos capaces de idear un pequeño sistema que nos permita vencer la pereza.

 

Mucho mejor dormir que madrugar

Como te comentaba, un buen día me paré a pensar por qué a todo el mundo le atrae más una tarea cuanto menos esfuerzo se precise para realizarla, independientemente de otras consideraciones.

La pregunta a priori no me pareció que tuviera mucho sentido, pero me la plantee de todas formas: ¿por qué a todos nos gusta dormir y a nadie le gusta madrugar?

Rascando un poco la superficie no es difícil darse cuenta de que este principio es aplicable para tareas en todos los ámbitos. Desde actividades físicas como preferir quedarse en el sofá a salir a correr, pasando por actividades intelectuales como leer una revista de corazón en vez de una novela, hasta actividades sociales prefiriendo a nuestro grupo habitual de personas antes que hacer nuevas relaciones o contactos.

La respuesta va implícita en la propia pregunta: preferimos esas actividades porque requieren un menor esfuerzo.

Así que en realidad la pregunta que interesante es: -¿por qué anteponemos el esfuerzo que supone realizar una tarea a otras consideraciones para decidir si llevarla a cabo o no?

 

No eres tú, es tu cabeza

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Hola, ¿hay alguien en casa?

Pues sí, querido lector, los indicios apuntan a que este fenómeno tiene un origen biológico.

Desde que Darwin regresó de su viaje a Madagascar, sabemos cuál es el principal propósito de nuestra existencia: la perpetuación de la especie.

No deja de ser paradójico que la herramienta más avanzada que ha creado la evolución que es el cerebro humano, pueda suponer ir contra ese propósito fundamental. Yo mismo sin ir más lejos, he decidido no tener descendencia, por lo que no parece que vaya a contribuir demasiado a este propósito.

Este tema da para una tarde interesante frente a unas cervezas, pero no es el objetivo de este artículo así que retomemos de nuevo el hilo :-).

Hablábamos de la perpetuación de la especie, lo cual está íntimamente ligado con la supervivencia de los individuos.

Y la supervivencia a su vez depende de la energía. En concreto de la energía disponible por el individuo para realizar sus funciones vitales.

¿Y qué gasta poca energía?: las tareas sencillas.

Y, por tanto, lo contrario sucede con las tareas complejas que gastan mucha energía, o al menos más que su equivalente sencilla.

En resumen: estamos programados para optimizar la energía.

Por eso tendemos a gastar la menos energía posible y a acumular la mayor energía posible.

Ese es el motivo que hace que podamos pasarnos los domingos dormitando en el sofá, prefiramos los alimentos más calóricos a los menos calóricos y tendamos a realizar las actividades intelectuales menos complejas.

La optimización de la energía como método para asegurar la supervivencia tiene sentido para cualquier forma de vida excepto para el ser humano. Nosotros (en la sociedad occidental al menos) no tenemos que preocuparnos demasiado por conseguir nuestro alimento, sino que sabemos que vamos a disponer de él a diario.

En otras palabras, no necesitamos preocuparnos demasiado por sobrevivir. Nuestras necesidades vitales básicas están prácticamente aseguradas.

 

Entrena tu mente.

Necesitamos entrenar a nuestra mente para se concentre más en vivir y menos en sobrevivir.

Si sabemos que el rechazo inicial a las actividades que suponen un esfuerzo sin una recompensa inmediata tiene un origen biológico, ¿cómo podemos cambiar eso?

Podemos adiestrar al cerebro para hacer que la razón se imponga sobre el instinto.

En el resto del artículo, voy a compartir contigo el método que yo sigo para intentar entrenar mi mente con el fin de vencer a la pereza y dejar de procrastinar.

 

Define metas

Lo primero que necesitas son objetivos claros.

Debes determinar qué beneficios vas a obtener al finalizar la tarea o actividad que te has propuesto. Hay que darle un por qué a nuestra mente, un motivo de peso que justifique desviarse de lo que el instinto nos dice.

Veámoslo con un ejemplo.

Digamos que quieres tener un blog. Un blog en el compartir tus conocimientos y experiencias de aquello que te apasiona. Un blog que pueda darte visibilidad y que ayude a otras personas a conocerte un poco mejor. No descarto incluso que pueda llamarse Biffwin 🙂

 

Traza un plan

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Mejor con un camino a seguir

Una vez que tienes un objetivo en mente, es el momento de trazar el plan para llevarlo a cabo. Un plan estándar consiste en determinar los pasos que debes dar para alcanzar el objetivo. Estos pasos deben tener tres características fundamentales:

  • Ser consecutivos
  • Tener fecha (cada uno)
  • Al terminar el último paso, se consigue el objetivo

De esta forma iras alcanzando paso tras paso hasta llegar al objetivo final.

Siguiendo con el ejemplo del blog, unos de los primeros pasos podrían ser la temática, la línea editorial y escribir los primeros borradores de futuros artículos.

 

Vence al instinto, vence a la pereza.

Ahora que tienes un objetivo y un plan para conseguirlo, eres consciente de los beneficios que te va a aportar cada paso que des y en consecuencia de cada una de las actividades o tareas que formen esos pasos.

Tener este conocimiento no va a eliminar la primera reacción de rechazo ante una actividad que requiere cierto esfuerzo, pero dispondrás de sólidos argumentos para neutralizarla mediante la razón.

 

Prémiate

Si quieres ir un paso más allá a la hora de establecer tus objetivos y tu plan para conseguirlos, añade premios cuando cumplas cada paso del plan.

Uno de los argumentos de nuestro cerebro para rechazar la realización de tareas complejas o que requieren cierto esfuerzo es que no obtenemos una recompensa inmediata.

Por eso, solemos preferir sustituir estas tareas por otras más sencillas y que sí suponen un beneficio inmediato.

Este proceso es lo que se conoce como procrastinar y consiste en aplazar las tareas tediosas que tenemos que hacer, sustituyéndolas por otras triviales que ofrecen recompensas inmediatas.

Un ejemplo típico de procrastinación que casi todos hemos experimentado es la tarea de hacer ejercicio. Cuando suena el despertador una hora antes de lo habitual para salir a correr, requiere mucho menos esfuerzo quedarse en la cama que salir a sudar por la calle, y además proporciona un beneficio inmediato (¡qué bien se está en la cama!).

Una manera de contrarrestar este efecto y hacer un poco más fácil la lucha contra la procrastinación es crear nuestros propios beneficios inmediatos para las actividades que queremos realizar.

Si seguimos con el ejemplo del running, podríamos preparar la noche anterior un suculento desayuno para después de la carrera o simplemente saber que vamos a ver amanecer mientras corremos.

Sea lo que sea, nos servirá como argumento de peso cuando sintamos un irrefrenable deseo de apagar el despertador y seguir durmiendo.

 

En resumen

Nuestro cerebro no está diseñado para seamos felices, alcancemos nuestras metas ni para que tengamos el estilo de vida que queremos, sino únicamente para que sobrevivamos.

Si queremos hacer algo más que sobrevivir debemos entrenarlo para nos permita hacer todo aquello que sabemos que es beneficioso para nosotros, aunque no esté directamente relacionado con nuestra supervivencia.

Y tú, ¿tienes plan de entrenamiento para tu mente para vencer la pereza?

¡Un fuerte abrazo!

Si te ha gustado comparte, ¡Gracias!

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