Descubre por qué madrugar es bueno para tu productividad

por | Feb 22, 2019

Hola ¿qué tal estas? Espero que te vaya bien 🙂

Con esta entrada me gustaría comenzar una serie de artículos en los que te iré contando hábitos que he incorporado a mi vida y que me están ayudando a aprovechar mejor mi tiempo y ser más productivo.

Va a ser una visión totalmente personal y basada en mi experiencia. Creo que podrá ayudarte a decidir si los hábitos que me han ayudado podrían ayudarte a ti también.

¿Estás preparad@? ¡Vamos a por ello!

 

Madrugar es bueno

Empiezo fuerte, porque el primer hábito del que te quiero hablar es algo que odia todo el mundo: madrugar.

Precisamente porque madrugar no es algo agradable, alargamos la hora de levantarnos todo lo posible para dormir un poco más.

Esto a su vez implica que vayamos corriendo en nuestro ritual de las todas las mañanas desde el momento en el que nos levantamos. Duchándonos a toda prisa, desayunando mal o no desayunando y conduciendo al trabajo estresados y de mal humor.

No parece una buena forma de empezar el día.

 

Prueba piloto

A mí también me sucedían todas estas cosas, así que decidí que iba a realizar una prueba piloto: levantarme treinta minutos antes de mi hora habitual.

Esa media hora la iba a emplear en hacer mis rutinas mañaneras con calma y en disfrutar tranquilamente de un abundante y saludable desayuno.

En esta fase también decidí que esos treinta minutos extra no los iba a perder de sueño, sino que iba a mantener mis horas de sueño (necesito entre 7 y 8 para estar descansado).

Así que me fijé una hora máxima para meterme en la cama justo 8 horas antes de la hora de levantarme.

 

Resultados

Como era de esperar al principio me costó bastante despertarme, pero nunca me quedé dormido. Vencía al «5 minutos más» los primeros días con truquillos varios, hasta que la tentación de apagar el despertador y seguir durmiendo desapareció.

Una vez superado esa etapa de «shock» inicial, me empecé a dar cuenta de que el tiempo extra del que disponía por las mañanas merecía la pena.

La ducha se convirtió en una actividad bastante placentera y el desayuno pasó de ser un café bebido mientras me ataba los zapatos, a algo más parecido a un desayuno de esos que nos pegamos en los hoteles cuando vamos de viaje.

Pero todo tiene sus inconvenientes y según pasaban los días, descubrí que lo más difícil de madrugar no era despertarme temprano sino acostarme la noche anterior a la hora correcta.

Por eso, me concentré en dos puntos principales para poder cumplir con mis horarios sin descuidar mi tiempo de sueño:

  • Adelantar la hora de la cena y hacer cenar ligeras.
  • Pase lo que pase, a las 22:30 estar metido en la cama con la luz apagada.

La verdad es que estos dos puntos fueron los más difíciles de lograr, ya que estamos acostumbrados a alargar los días hasta prácticamente la madrugada.

Finalmente conseguí acostumbrarme (a mí y a mi cuerpo) a cenar a las 21:00 y a acostarme a las 22:30 con el objetivo de levantarme a las 6:30.

 

Dando un paso más

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Sigamos caminando

Pasó el primer mes y cada vez estaba más convencido de que el cambio que había hecho aportaba muchas cosas positivas.

El tiempo nocturno que había perdido por adelantar la hora de dormir era totalmente prescindible, ya antes lo empleaba básicamente en “no hacer nada” hasta que me daba el sueño.

Sin embargo, el tiempo que había ganado por las mañanas estaba haciendo que mis días fueran más productivos al empezarlos con tranquilidad en vez de con estrés. Y de paso estaba desayunando mejor y mi sueño había mejorado al hacer cenas más ligeras.

Así que, si madrugar es bueno… ¿Por qué no dar un paso más?

Decidí adelantar otros treinta minutos mi hora de despertarme. Este tiempo extra lo iba a dedicar a planificar mi día de trabajo repasando y preparando las tareas y reuniones más importantes que iba a tener durante el día. El objetivo era ser un poco más eficiente durante la jornada laboral que estaba a punto de comenzar.

De nuevo tenía que modificar mis horarios nocturnos para poder levantarme a las 6:00. Ahora tenía que cenar a las 20:30 y acostarme a las 22:00.

En esta ocasión me costó mucho menos esfuerzo porque ya estaba acostumbrado a esos horarios. El hábito estaba ya implantado, sólo había que modificarlo un poco.

 

Resultado final

Esto sucedió hace 6 meses y hoy te puedo decir que el tiempo que dedico a trabajar antes de salir de casa por la mañana es el más productivo del día.

Ahora además de planificar el día, me da tiempo a hacer la parte más pesada de alguna tarea importante del día. Sorprende lo eficiente que se puede ser cuando se tienen las «pilas cargadas».

En ese momento del día no sólo estas descansado y, con toda tu energía disponible, sino que no suena el teléfono, no recibes correos de clientes, ni sufres interrupciones de compañeros o de jefes.

La mayoría de la gente duerme, por lo que el silencio y la tranquilidad reinantes son muy difíciles de conseguir en el resto del día.

Como parte negativa he de admitir que socialmente soy tratado poco menos que como un loco al levantarme a las 6:00 «sin tener necesidad».

No hay problema, eso es algo que puedo soportar 🙂

 

Una cosa lleva a la otra

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Los hábitos se reproducen

Una de las cosas que más me gusta de implantar un hábito positivo, es que el propio hábito sirve de activador para añadir otros hábitos.

Como este artículo va de mis experiencias personales, te voy a desvelar un par de hábitos que he añadido en estos 6 meses a raíz de mi cambio de horarios:

He dejado la tele: la programación interesante de la mayoría de los canales de televisión empieza a eso de las diez de la noche, en lo que se conoce como el “prime time”.

Eso es demasiado tarde para mí, así que veo mis programas favoritos en diferido al día siguiente. La gran mayoría de cadenas de televisión suben a la red sus contenidos después de emitirlos en plataformas propias o de terceros, y las cadenas de pago ofrecen la posibilidad de grabación para su visionado posterior.

Así que he pasado de «ver la tele», a consumir el contenido que realmente me interesa en el horario que más me conviene.

Un ahorro de tiempo y de información innecesaria que considero muy positivo.

He mejorado mi alimentación: al tener más tiempo para desayunar y al tener más apetito gracias a una cena ligera el día anterior, los desayunos son más sanos y abundantes.

Esto en sí mismo ya es positivo, pero además hace que ya no tenga que tomarme un café triple al llegar a la oficina ni comerme un pincho de tortilla a media mañana en el bar de la esquina.

Ahorro tiempo, dinero y digestiones pesadas.

Mejorar los desayunos a su vez me ha hecho plantearme mejorar el resto de comidas, pero eso te lo contaré en otro artículo.

 

Mi recomendación

Si has leído hasta aquí ya sabes que a mí me ha ido bien y que creo que madrugar es bueno, pero aun así no te voy a decir que lo hagas tú.

Lo que sí me gustaría proponerte es que pruebes por ti mismo y luego me cuentes que tal te ha ido. Seguro que podemos aprender unos de otros.

¿Te animas?

¡Un fuerte abrazo!

Si te ha gustado comparte, ¡Gracias!

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